
Mendoza, departamento de la Paz. Una adolescente de catorce años, permanecía atrincherada en un aula de su escuela con un arma después de haber amenazado a dos compañeros y efectuar tres disparos al aire. Luego de tensos y largos minutos –operativo mediante– entregó el revólver. El arma era de su padre, policía. Sin embargo no es la primera vez.
Según refiere la crónica, la adolescente es una persona muy callada, con pocas amigas, la cual en los últimos días lucía un semblante de llanto y angustia. Por ahora es en vano realizar conjeturas sobre el exacto móvil que la llevó a perpetrar semejante acción. Eso forma parte de su intimidad y, si todo se encauza como es debido, esperemos que la niña pueda hablar en los ámbitos reservados dispuestos para brindarle ayuda. Lo que sí está a nuestro alcance, es la modalidad que esta niña adoptó para hacer algo con la angustia desbordante que la inundaba. Esto es: tomar un arma. Acceder de esta forma a servirse de un inmediato Poder en sus manos. Amenazar a compañeros. Disparar al aire. Hasta aquí se trata de lo que en psicoanálisis se denomina acting out. Esto es: la maniobra a la que acude un sujeto desesperado para llamar al Otro, sea para reclamarle, a modo de reproche o, para sencillamente sentirse escuchada.
La pubertad y la adolescencia es el intervalo etario más traumático de la existencia. Cuerpos inundados por la irrupción de la sexualidad se encuentran sin los recursos anímicos suficientes como para domeñar las demandas que el mundo les impone.
Desde ya, todo multiplicado hasta el infinito por el entorno digital que hoy somete los cuerpos al encierro donde el juego se reduce a un ir y venir de respuestas espasmódicas; intercambios que no generan diálogo ni vínculos a no ser con las propias exigencias; allí donde la propia imagen se transforma en una suerte de imperativo de excelencia alimentado por el régimen de compensaciones que marca el algoritmo.
Demás está decir que el papel de los adultos en este temible desaguisado está lejos de ser el deseable. No solo por su adicción a los medios digitales, sino por el discurso que la autoridad política eleva a lo largo y ancho del país y que buena parte de la sociedad adoptó como propio. Insultos; groserías; venganza (que ahora se llama vuelto), maltrato, exclusión, crueldad, etc. De esta forma la denigración del Otro se ha hecho moneda corriente en el sentido común: desde mandril hasta eunucos, pasando por parásitos mentales y soretes, los insultos se vociferan desde los más altos estratos gubernamentales como ejemplo del trato que se le otorga al semejante. Sin olvidar el “boludo” que el presidente le destinó a un niño autista y la burla que esgrimió ante dos púberes que se habían desmayado durante el discurso que el mandatario brindó en el que fuera su propio colegio secundario.
Hoy en Mendoza una niña eligió para canalizar su angustia tomar el arma del padre y llevarla a su escuela para amenazar a sus compañeros. Una púber desesperada que se encuentra –por razones que no conocemos– en el límite al que la pubertad suele llevar a personas de su edad: Todo o Nada. Desde ya, esta sociedad enloquecida no la ha ayudado. Ahora que la urgencia parece haber terminado, es esperable que la niña sea atendida de la mejor manera y que este triste episodio nos sirva para reflexionar.

































