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Viedma, la Brasilia del sur

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La cuestión del puerto, capítulo 2.

Por Gaston Garriga.

“Puesto que el universo forma un todo coherente, 

puesto que contiene una inmensa porción de invisible y puesto que reflejos, 

señales, llamadas, venidos de estas provincias misteriosas, 

resuenan en el seno de las apariencias sensibles, 

corresponde a los hombres de Iglesia, 

que tienen la misión de mediar entre lo sagrado y lo profano, 

estar atentamente al acecho de todas estas advertencias.

(“El Año Mil”. Georges Duby)

A través de los cristales del piso cuarenta, Máximo se reconfortó un poco mirando el desierto interminable. Las cuatro paredes del despacho presidencial eran transparentes, pero él instintivamente solía pararse sobre el lado sur. Le gustaba ver el tendido ferroviario que se perdía en el horizonte, como una madeja que se desparramaba en todas las direcciones.

Era lo único que le gustaba de ese edificio, más parecido a la sede corporativa de un gigante del software que al palacio de un gobierno popular. Viedma se había construido a partir del modelo Brasilia, rodeada de desierto en vez de selva, pero había algo… fallido.
Los seiscientos kilómetros que la separaban del GBA eran nada en la época de los motores a explosión y la nafta de libre disposición. Pero ahora el combustible estaba cuotificado, los autos eléctricos no desarrollaban la misma velocidad y la dirigencia no terminaba de aceptar el tren, a pesar de sus filtros de aire de última generación y distanciamiento estricto. Bien mirado, persistían restos del individualismo liberal que tanto daño había hecho durante siglos.
El nudo de la política seguía estando allá y los que jugaban ese partido no querían dejar la cancha ni por cinco minutos. La administración nacional se había llenado de jóvenes de otras provincias, que hacían sus experiencias y se fascinaban con relatos bonaerenses.
-Te juro que no los entiendo-, dijo Máximo, apoyando las palmas de las manos en el tazón de café.
A su espalda, Sergio, recostado en el sillón de Rosas, los pies descalzos sobre el escritorio, suspiró sonoramente. Media docena de pantallas, de las treinta que ocupaban un módulo, reclamaban su atención. Apretó un botón de su teléfono, las pantallas se apagaron y el módulo desapareció dentro de un compartimento invisible, dentro del piso de cemento alisado.
-Nunca los entendimos. Al menos eso no cambia-. Sergio intentó consolar a su antecesor y sucesor.
-En otro momento, te juro que me cagaría de risa. Pero ahora no. Esto no es joda-, giró sobre sí mismo y miró al presidente a los ojos.
-¿Vos decís que es ahora?
-Es ahora. Pero no porque lo diga yo.
-¿Consultaste con el com…?
Máximo, por acto reflejo, se puso el índice sobre los labios y Sergio se mordió la lengua, pero recordó que ya no tenía sentido negar sus relaciones con el otro mundo. Hasta los diarios porteños, que al principio de la revelación habían titulado “Espiritismo y locura”, “Los K hablan con los muertos” y “Vuelve López Rega”, habían terminado por entender que por ese camino no había rédito para ellos. La conexión era popular, aceptada. Aunque más que una conexión, era un acuerdo. Desde que soñó que San Martín lo bendecía, apoyándole el sable en la cabeza y empezaron a hablar cada vez más seguido y más en serio. De alta política.
Entonces buscó cuadros técnicos: consteladores, expertos en biodecodificación, lectores de registros akáshicos, médiums. Su viejo le dio una mano allá arriba, intercedió y los encuadró. “Con el comando celestial de tu lado, es imposible gobernar mal”. Del acuerdo inicial habían surgido grupos de trabajo. Desde entonces, el ministro de cultura soñaba con Discépolo, el de salud con Carrillo y así.
Además, era un tema espinoso en la interna. Los que no tenían sueños celestiales recelaban a los que sí. Y algunos invocaban a los próceres para justificar sus caprichos. Era común escuchar “hablé con Dorrego” o “esto lo pide Hipólito”. Hubo que contenerlo para que no se desmadrara.
-Es ahora-, retomó Máximo, -pero estos boludos no quieren saber nada.
“Estos boludos” eran los Refugiados, los dirigentes del PJ porteño, expulsados de la ciudad pantano durante la secesión. Inicialmente, se habían instalado en el conurbano, como los gusanos en Miami, para estar cerca, con la idea de volver pronto. Pero cuando sus ilusiones se desvanecieron, posaron la mirada en la nueva capital. Allí construyeron su country, “CDRP”, Centro Doctrinario Resistencia Peronista según ellos, Campo de Refugiados Porteños para sus detractores. Los viejos porteños se entretenían obteniendo contratos del Estado Nacional o armando agrupaciones para disputar la intendencia de Viedma. Les iba mucho mejor con la primera tarea que con la segunda.
Máximo se había reunido con ellos esa misma mañana, más temprano. La reunión había sido un fracaso. Vittorini, todavía con lagañas en los ojos, le había asegurado que no estaban dadas las condiciones, que había que esperar al menos cuatro años más.
-Yo sé lo que te digo-, había agregado, a media voz, intentando sonar enigmático.
-A veces me pregunto-, le confesó Máximo a Sergio, si no pecamos de ser demasiado optimistas. Si los refugiados no cambiaron, ¿por qué habrían cambiado los porteños?
-¿Porque no viven en un country? ¿Porque su ciudad se desgentrificó y se convirtió en una ruina? ¿Porque comen las vísceras que les regalamos después de comernos la carne?
-La realidad no se explica a sí misma. Hace falta una narrativa que la acompañe. Y eso lo dejamos librado al azar. Otra vez.
-¿Entonces abortamos?
-Ni en pedo.
-Pero no da entrar sin algún porteño representativo. Podría romper las pelotas el Consejo de Seguridad de la ONU.
Máximo había terminado por admirar ese sexto sentido de Sergio, que le hacía detectar y gambetear los problemas. Años antes, al inicio de su sociedad política, lo irritaba. Ahora lo entendía como una forma de economía de fuerzas.
-Queda una chance.
-Ya sé lo que estás pensando. Dejate de joder.
-Pan de leche.
-No.
-Llamalo.
-Nadie sabe dónde ubicarlo.
-Nadie más que vos.
-Pensemos un poco más.
-Llamalo. Es ahora.

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