Inicio Cultura Capítulo 28, “Actividad febril”

Capítulo 28, “Actividad febril”

274
0

Por Gastón Garriga

Cada tanto solían incursionar en nuestro barrio: tocaban timbres, robaban flores, molestaban a las mujeres. Una vez, en el Club Náutico, se infiltraron dos. Pronto circuló la noticia de que había negros «colados» en el vestuario y en la pileta de natación. En la rampa de los botes se formaron grupos que salieron a darles caza. Yo estaba furioso, invadido, pero no aceptaba pelear en situación tan despareja y me limité a observar la escena: los negros eran dos, los nuestros veinte. Los rodearon gritando: «negros hijos de puta», «roñosos», «chorros»” (Rodolfo Fogwill , “La Cola”).

Fogwill

Osvaldo intuyó la llegada inminente del Negro. Abrió la puerta y lo vio ahí afuera, a un par de metros. Todavía no amanecía. Se asomó apenas al garage y comprobó que los porteños seguían durmiendo. Le hizo señas a Osvaldo para que lo siguiera hasta la cocina. Conversaron en tono de murmullo, de pie junto a la mesada.

-No pedí auto. Mejor caminar-, adelantó Osvaldo.
-Muy bien-, respondió el Negro. -Doblemente bien. Primero, porque así mantenemos el efecto sorpresa. Segundo, porque no son prisioneros de guerra, pero tampoco es una visita oficial. Acá no hay privilegios para nadie.
-Vamos a caminar…-, asintió Osvaldo, casi para sí mismo. -.Pero me preocupan. Yo creo que les falta olla.
-Bueno, vamos a alimentarlos bien y a documentar todo el proceso. Que quede registrado cómo los tratamos.
-¿Los despertamos?
-Si. No perdamos más tiempo-, dijo el Negro, excitado como un chico en nochebuena.

Cocientes de su nueva función diplomática, el Negro y Osvaldo prepararon café, tostaron pan y cortaron frutas para los visitantes. El Negro vio a Osvaldo negar con la cabeza.
-¿Qué te pasa?
-Nada. Pensaba que ni a mis hijos los trato así, para no malcriarlos. Y a estos los deben haber malcriado toda su vida y los seguimos malcriando nosotros.
-Tranquilo. Es por una buena razón. Los necesitamos vivos, sanos y fuertes para que prediquen el justicialismo.

El Negro buscó en la playlist de su teléfono la marcha peronista, subió el volumen al máximo y apuntó el parlante hacia el garage. Los huéspedes saltaron de la cama, desorientados.
-Espero que hayan dormido bien. Desayunen. Tenemos por delante un día largo e intenso.
El Francófilo fue el primero en recuperar su ubicación en tiempo y espacio.
-¿Cómo sigue la película?-, preguntó, mientras extraía de su neceser un peine y un cepillo de dientes. -¿Tenemos audiencia con Máximo? ¿O con Sergio?
-Te dije que a este hay que acomodarlo. Tiene más humos que telegrama de indio-, comentó el Negro, a viva voz. -¿Estás apurado? Hasta llegar a ellos vas a tener que pasar unos cuantos filtros primero.

El Negro, con su advertencia, logró imponer silencio. Detestaba escuchar hablar boludeces.

Osvaldo observó que las pilchas de los porteños no eran las adecuadas. Desde el parate que el covid había impuesto a la actividad económica, el calentamiento global había comenzado a remitir y en el conurbano los inviernos eran inviernos. Volvió enseguida con camperas técnicas, guantes, calzas y gorros de lana. Caminaron por Malaver hacia el oeste, dieron un par de vueltas sólo para marear a los porteños y luego caminaron por el borde de la vía del Mitre.

Los visitantes observaban todo cuanto los rodeaba con ojos abiertos y voraces: los primeros rayos de sol, el paisaje abierto, el verde que rodeaba la vía, las casas bajas, humildes pero nobles, los comercios que levantaban sus cortinas metálicas, el creciente movimiento del suburbio.

-¿Están cansados?-, preguntó el Negro.
-¿Falta mucho?-, repreguntó el Francófilo.
-Bastante-, mintió el Negro. Le molestaba que le respondieran una pregunta con otra pregunta. El Francófilo se le empezaba a montar en un huevo. Tenía ganas de entregarlo a la conducción de la columna y volver a sus obligaciones habituales.

Lo habitual era que en el comando de la columna norte no hubiera nada ni nadie antes de las cuatro o cinco de la tarde, pero Osvaldo y el Negro, concientes de la trascendencia del momento, descontaron que habría gente. Encontraron un ritmo de actividad febril. Los primeros controles se abrieron automáticamente a su paso.
-¿Y estos dos?-, preguntó un compañero de seguridad, en el espacio que hacía de antesala del gazebo principal, que ocupaba Rizzone.
-Un regalito para el jefe-.

Rissone

El guardia sonrió, un poco desconcertado y entró a consultar. Osvaldo entró detrás de él y le pidió que volviera afuera, a vigilar a los desconocidos, mientras él y el Negro conversaban en privado con Rizzone que, sin apartarse de su teléfono satelital, les indicó con la mano que pasaran. Como siempre, los patriotas intentaron en vano escuchar algo de lo que decían del otro lado de la línea o descifrar la expresión del rostro de Rizzone. Finalmente, se despidió de quien fuera y dejó el teléfono a un lado de su escritorio.
-¿Se cayeron de la cama? ¿O tampoco durmieron?
-Va a haber tiempo de descansar, más adelante…-, dijo Osvaldo, cuyo entusiasmo lo hacía moverse en el asiento.
-Los escucho-, dijo Rizzone, dando a entender que tenía poco tiempo.
-Trajimos algo piola-, Osvaldo.

El Negro, más prudente y político, le apoyó la mano a su amigo en el antebrazo para que bajara un cambio y con mucha diplomacia relató los sucesos del día anterior en la ciudad pantano, evitando los aspectos más polémicos. Relató detalladamente la conversación con el Francófilo, cuyo pasado justicialista Rizzone recordaba perfectamente. Le reveló enseguida la existencia de Peredo, el último liberal ilustrado.

Subrayó el desencanto de estos personajes respecto de la élite porteña y de la rodada cuesta a la que se habían arrastrado en la ciudad pantano, por impericia y egoísmo. Ambos conformaban una dupla reconocida del otro lado de la General Paz, de importancia táctica y simbólica por su liberalismo histórico, casi genético.
-Sería bueno sondearlos. Me pregunto si nos acompañarían de alguna manera.
-¿Los hago pasar?-, preguntó Osvaldo, sonrisa gardeliana, abandonando su habitual mesura.
-¿Están acá?

Entonces Osvaldo completó el relato. La remada de regreso con los porteños en la popa, la sudestada que daba un clima más épico, la evidente lija de los visitantes – hasta citó la frase de su abuela, ”más hambre que radical el día 30”-. Iba a contar cómo se habían estancado los porteños en materia de género, cuando Rizzone se puso de pie.
-¿Pero están acá o no?-. Incapaz de esperar la respuesta, cruzó a grandes zancadas su tienda de campaña oficina y entreabrió la puerta de tela, apenas lo suficiente para verlos.

Allí estaban: el Francófilo, envejecido pero igual al de sus recuerdos, un poco desgarbado dentro de la ropa de ski de un tipo más grande y a su lado un joven pálido y esmirriado, con aspecto de romántico, igualmente vestido de prestado.

Rizzone giró sobre sus pies y sonrió con toda la cara. Abrazó a los muchachos con afecto genuino. Era muy infrecuente verlo exponer libremente sus emociones. Estaba conmovido. No era sólo valentía e iniciativa lo que habían demostrado: era comprensión cabal de la situación política e histórica. Era unidad de concepción.

-En teoría, lo que sé es hiper confidencial, sólo para mí. Pero como conductor, yo también tomo decisiones y está claro que ustedes están al nivel necesario para entender y manejar esta información.

Osvaldo hizo una pausa, para volver a evaluar a sus interlocutores. Cualquier gesto de ellos, aunque mínimo, que le delatara inquietud, y revocaría su decisión. El Negro se frotó las sienes con los pulgares. Osvaldo se sentó erguido contra el respaldo y abrió grandes los ojos.

-La cosa se adelantó. De hecho, ya partieron las columnas más lejanas. Se moviliza toda la región capital, desde los confines de la seis, Luján, Zárate y La Plata, arrastrando todo el conurbano para llegar juntos. El día D es el 9.
-Mañana.
-Si. Pero hay algo más.
-¿Qué-, preguntó Osvaldo, mientras digería la noticia.
-Las mujeres. Algo pasa, pero no sabemos qué. Notamos que están muy activas, pero ninguna atiende el teléfono.
-Las de casa se callan cuando me ven o cambian de tema.
-¿Ves? Hay algo. Justo ahora. Más inoportuno imposible-. Rizzone suspiró. -Bueno, me voy a ocupar de los porteños. los vamos a poner a marchar en primera fila, bien a la vista de la prensa internacional. Lo que hicieron vale una Estrella Federal para cada uno. Ahora acá no hay más nada que hacer. Duerman un rato, los quiero frescos esta tarde.

Comente con Facebook