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Capítulo 26, “Marcha”

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Por Gastón Garriga

“El libro del loco Sarmiento es de lo mejor que se ha escrito contra mí: así es cómo se ataca, señor; así es cómo se ataca; ya verá usted cómo nadie me defiende tan bien, señor” , (Juan Manuel de Rosas sobre “Facundo”)


Las órdenes del gobernador fueron claras, sencillas e inapelables. Nada de armas largas, las consideraba una cobardía. Si había que pelear, sería cuerpo a cuerpo. Nada de vehículos a explosión: espantaban a los caballos con su ruido insufrible y eran ostentosos, un privilegio evitable. Toda la administración pública bonaerense quedaba dispensada de sus tareas, para que pudieran participar de la histórica marcha sobre la metrópoli.

Anunció esto en consejo de ministros, mirando a cada uno a los ojos. Eran todos buenos en lo suyo, pero salvo un par de excepciones, no eran hombres ni mujeres de acción. Ahora tendrían una inmejorable oportunidad de reivindicarse ante él.

La marcha debía ser lenta, masiva, épica, tal como la imaginaba. Junto a sus hombres de mayor confianza, salieron de la residencia en Villa Elisa y permanecieron a la vera del camino Centenario. Ya se había corrido la voz en toda la región. De a poco irían confluyendo allí los de Berisso, Ensenada, Brandsen, Magdalena y Punta Indio. Los más a pie, otros a caballo, por el verde, al pasito, a la vera del asfalto, o en bicicletas y motos eléctricas.

El gobernador, cubierto por su poncho de siempre, boina y pañuelo rojo, hacía señas a los de alrededor para que se acercasen un momento o mandaba a llamar a uno u otro, para departir, preguntar por la familia -tenía cientos de ahijados-. escuchar novedades o dar órdenes.

Sólo él sabía la ruta, las postas, los tiempos. Máximo le había dejado un teléfono satelital, para que se mantuvieran comunicados los tres, ellos dos y Sergio, pero al Rusito el aparato le resultaba incómodo y terminó por revolearlo al fondo de las alforjas.

En la rotonda de Alpargatas lo esperaba un grupo tan grande como el que ya lo seguía, con un imponente aire marcial. Prolijamente formados, alrededor de una divisa amarilla y verde, eran los gauchos de Varela, históricamente denostados y humillados por los porteños. Por pobres, por burros, por negros. Estaban ansiosos por probar su lealtad y su coraje al gobernador que les había devuelto el honor y el orgullo.

Varela era ahora una ciudad universitaria, que albergaba a los mejores estudiantes, docentes e investigadores de todo el continente. “Calificar para Varela” era la obsesión de los jóvenes universitarios de este hemisferio: un cuatrimestre cursado acá era considerado un sello de calidad, una promesa de futuro.

La promesa tácita de cobrarse las viejas deudas de honor flotaba en el aire. Su líder, el Inglés, ya había advertido a sus hombres que no toleraría ningún desmadre, pero no quería correr riesgos. Sabía de la autoridad que el Gobernador ejercía sobre los hombres y de su magnetismo con las mujeres. Se acercó a él. Se abrazaron. El Inglés le pidió que hablara. El Gobernador se negó un par de veces, pero la insistencia crecía y pronto comprendió que perdería menos tiempo si daba un discurso breve, que si seguía rechazando el pedido.

Pasó al trotecito entre los hombres formados, hasta alcanzar el centro de la rotonda y quedar frente a un semicírculo de hombres y mujeres. Manearon dos caballos bien juntos y el gobernador se paró, con un pie en el lomo de cada uno. Sólo se oía la brisa y los pájaros, que se habían multiplicado con la política de reducción de combustible fósil.

-Acá su jefe, el Inglés, me pide que hable… Yo me pregunto para qué. Para qué voy a hablar, si hablé de esto muchas veces durante muchos años… Ahora, ahora es el momento de la acción.

Parte de la multitud comenzó a arengar, otros a cantar la marcha peronista y un tercer grupo a chistar. El gobernador no había terminado su discurso.
-La acción, no la venganza… La acción bien organizada, planificada y ejecutada, como hacemos las cosas los bonaerenses…-, hizo otra pausa.

Manearon dos caballos bien juntos y el gobernador se paró, con un pie en el lomo de cada uno.

-Cuando yo iba a la escuela, me enseñaron que ellos eran los civilizados y de este lado estaban los bárbaros…-, el gobernador vio que los de más cerca asentían con la cabeza. -Hoy…hoy vamos a demostrarles a ellos lo que nosotros ya sabemos: que esos libros estaban mal. Tienen que escribir la historia de nuevo…-, el Rusito recordó los años de conflicto y secesión, los primeros de la pandemia. -¿Quién es el bárbaro? ¿El que entiende que lo más importante es la salud de la comunidad, que al cuidarme, cuido al otro y el otro al cuidarse, me cuida a mi? ¿O el que no puede postergar su egoísmo, sus ganas de salir a pelotudear, el que se contagia la peste y anda contagiando a los parientes, a los vecinos, el que se caga en el esfuerzo del personal de salud? ¿Eh?-. Otra vez, notó el Inglés, al Rusito se le habían hinchado las venas del cuello. No era la señal más alentadora.

-Vamos a entrar a esa ciudad-, dijo después de una pausa más prolongada, -…que es nuestra, que es bonaerense aunque no lo sepa, sin degollar y sin saquear… Sin derramar sangre, a manos que nos busquen… A menos que se insolenten… Porque somos gente de paz, pero todo tiene un límite-. Desenvainó el verijero. -Si nos buscan, nos encuentran.

La multitud rugió. El Inglés se cubrió la cara con las palmas de las manos. El mensaje era un poco más ambiguo de lo que hubiera preferido. Rompieron filas y partieron. El Inglés cabalgaba con el grupo más cercano al gobernador. Le hizo una seña para que se pusieran a la par.
-¿Qué te pareció, Inglés? ¿Cómo estuve recién?
El Inglés, que esperaba la pregunta y venía barajando respuestas desde el primer momento, no supo qué responder. Peor todavía, tartamudeó. El Rusito no toleraba esa clase de indecisiones.

El plan era llegar a Berazategui con la caída del sol. Ni antes, para que los marchistas no tuvieran demasiado tiempo libre, ni después para que no se complicara la organización de la acampada. Cada diez kilómetros, más o menos, hacían paradas para reagruparse.

El clima, por ahora, acompañaba. El paso estaba hecho a la medida de los caballos, para evitar que se cansaran y no a la de los hombres que, ansiosos, se desesperaban por avanzar, por llegar, por recuperar ese territorio arrebatado a la provincia siglo y medio antes por un acuerdo luego traicionado.

Todo eso había calculado el Gobernador, hábil conocedor de la psicología bonaerense. No quería llegar rápido. Quería darle a cada uno de los suyos el tiempo de tomar conciencia de estar protagonizando la historia.

Al pasar por Abril, recordó la época de auge de los countries. La reducción de la desigualdad había incidido drásticamente en la cuestión de la seguridad. Aplacado el temor, los countries eran ahora percibidos como propiedades con alto costo de mantenimiento, por expensas e impuestos, que además dificultaban el desarrollo y la integración comunitaria de sus habitantes. La mayoría ya habían votado en sus asambleas a favor de “tumbar el perimetral” e incorporarse al tejido suburbano. Los intendentes tenían órdenes de no interferir en esos asuntos.

El sol inició el tramo final de su descenso por la izquierda, detrás de una cortina de eucaliptus. La temperatura descendió bruscamente y la típica niebla de la autopista se hizo presente. El gobernador observó en qué dirección se torcían las copas de los árboles por el creciente viento. Había rotado al sudeste. Pensó que ese era el único componente épico que le faltaba a lo que estaban por vivir. Una tormenta.

Al bajar del puente, a la altura del aeródromo, los aguardaba una partida de mussistas. Señalaban el punto del camino en que debían girar hacia la costa. La multitud, con el Rusito en su alazán a la cabeza, dobló por el sendero, apenas una huella de pasto más bajo. Desde arriba, se habría visto como una L, una L que duró mucho. Cuando los últimos doblaron, el gobernador y sus hombres ingresaban al predio del campamento y recibían los alaridos y sapucais de bienvenida. Entonces volvieron a ser una I, una línea recta, que se fue dispersando en una gran lengua de arena, encerrada por la pampa y el río.

Allí estaban los de Berazategui, con fama de impecables anfitriones, pero también los de Quilmes y los de Avellaneda, que no se habían resignado a esperar en su territorio porque también querían marchar.

El Rusito desmontó y se fundió en un abrazo con el Doctor, como llamaban los de ahí a su líder. Se apartaron unos metros del resto, para poder mantener una conversación reservada.
-¿Aclaraste lo de la bebida?
-Si, lo entendieron.
-Igual, estén atentos. Hasta que no termine todo, ni una gota.
El Doctor asintió, pero se lo veía serio. No le gustaba defraudar ni contradecir al gobernador, pero le había pedido algo difícil de cumplir.
-¿Vas a hablar?
-No. Mejor mañana temprano.

El Rusito desmontó y se fundió en un abrazo con el Doctor, como llamaban los de Bera a su líder

-Gobernador-, dijo una voz femenina. Una mujer pequeña, de rostro aindiado, dio un paso al frente y lo encaró. Mara Mendonca, la jefa de los Quilmes, era más resuelta que muchos hombres. Se decía que soñaba con Norma Arrostito, que de alguna manera le transfería secretamente su fortaleza.

El Rusito valoraba esas cualidades, pero a veces Mara avanzaba con la agenda de género más de lo que las condiciones permitían. En esos casos, él tenía que dejar lo que estaba haciendo para ir a resolver los kilombos que le armaba. El gobernador se descubrió la cabeza y le tendió la mano. Nunca sabía bien cómo manejarse en esos casos. Había que ser caballero sin ser anticuado y respetuoso de la investidura de la intendenta sin masculinizarla.

Desensilló y convirtió su recado en una cama de campaña, cerca del fuego, donde los compañeros ya habían empezado a churrasquear. El Rusito masticó en silencio, hipnotizado por el fuego. Uno a uno, a su alrededor, lo fueron imitando. Las voces se apagaron hasta que sólo se escuchó el crepitar de los leños y, de fondo, el suave oleaje del río.

Preguntó al Doctor si tenían bien asegurado el perímetro.
-Si, por supuesto-, respondió, con un orgullo apenas contenido.

Con esa tranquilidad, el Rusito se echó la boina sobre los ojos y se recostó sobre el montículo de pilchas. No tenía sueño, pero sabía que si él no dormía, los demás tampoco. Disfrutó unos minutos de sosiego. Fueron pocos.

Percibió movimiento a sus espaldas: ruidos lejanos de pisadas, voces en sordina. Codeó a su jefe de gabinete, que dormía a su derecha. Apenas abrió los ojos, le tapó la boca para que no alertara a los merodeadores. Se arrastraron cuerpo a tierra, con la mayor discreción, entre los círculos de marchistas que descansaban o miraban las últimas llamas.

Distinguieron, a pesar de la oscuridad, figuras humanas que caminaban sigilosas hacia el extremo opuesto del campamento. El Rusito se acuclilló y buscó el monte de espinillos, que le darían protección para moverse más rápido. Cubierto por los árboles, pudo caminar, con su segundo atrás, que lo seguía con dificultad e intentaba cubrirle la espalda.

No quería sacar conclusiones hasta no estar seguro, pero parecía una deserción masiva. Si era así, Sergio y Máximo habían juzgado mal la capacidad de los unitarios y se encaminaban a un desastre.

Siguió en línea recta, casi un kilómetro más. Escuchó voces. Voces femeninas. Distinguió unas antorchas que, supuso, marcarían el punto de encuentro. Achinó los ojos para ver mejor. Una docena de mujeres, dispersas entre la multitud, repartía distintivos verdes a los que iban llegando. Las que iban llegando. Eran todas mujeres. Tuvo una intuición. Sin descuidarse, se acercó un poco más.

-Compañeras, mañana se termina una etapa, pero nuestra lucha sigue. Nosotras todavía vemos la huella del enemigo en cada lugar: en las básicas, en la calle, en las oficinas, en los CeSA. Nuestro enemigo, además de los unitarios, es el patriarcado. Vamos a darnos una estrategia más agresiva. Ustedes vinieron hasta acá a escuchar a una compañera y esa compañera nunca defrauda. Habla la comandante Gaby, la compañera Mara Mendonca.

Finalmente, el jefe de gabinete, jadeando, alcanzó la posición del Rusito. Enarcó las cejas, curioso.
-Ojalá fueran los unitarios. Es algo más jodido.

Habla la comandante Gaby, la compañera Mara Mendonca.
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