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Capítulo 25, “La dama”

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Por Gastón Garriga

“Entonces, la propuesta es que regulemos a los que realmente tenemos que regular. Resulta que vamos a regular a los países y ver cómo pueden ajustar. Además, van cayendo los liderazgos, y permítanme, desde la política no ya desde la empresa, se van a comenzar a cuestionar los fundamentos de la democracia. Porque cuando la gente vea que la democracia no le da posibilidades de trabajo, de progreso, de tener casa, de salud, comienzan a cuestionarnos los funcionamientos del sistema político” (Cristina Fernández de Kirchner, reunión del G-20.)


Desde el sillón, ligeramente incómodo, Máximo veía, a través del vano que integraba la cocina al living, como su madre preparaba su ritual preferido. La tetera, las tazas, la lechera, las servilletas, el plato para los saquitos. Cristina acomodaba los elementos con mano diestra, que no había perdido el pulso a pesar de los años. Caminó de regreso hacia él y apoyó la bandeja con aire triunfal y bebió el primer sorbo en silencio. Lo observaba, sonriente y curiosa. Una página de Henry James traducida por peronistas, pensó.

-Qué rico, vieja. ¿Qué es?
-Jazmines orgánicos… ¿Desde cuándo te gusta el té, nene? ¿Por qué en vez de adularme no me decís a qué viniste?

¿Desde cuándo te gusta el te, nene?

Máximo se atragantó con el té. No pudo evitar delatarse.
-¿Por qué decís eso?
-Porque soy tu madre y porque fui dos veces presidenta, vicepresidenta y muchas otras cosas. De manera que a los demás, si querés, los empaquetás, los engrupís y los operás, pero a mamita no.

Hizo fuerza para evitarlo, pero fue peor. El calor ascendió a toda velocidad por sus mejillas hasta adueñarse de su rostro. Se puso colorado, como cuando era chico y ella lo descubría en alguna travesura.

-Bueno, ¿me vas a contar?-, ella hizo una pausa para explorar el bouquet del té y se decepcionó un poco por la lejanía de las notas florales. -Dale, nene, que me muero de curiosidad.
-Está bien-, concedió Máximo. Se aclaró la garganta. Repasó por última vez las palabras, que había seleccionado con tanto esmero. -Se viene un día histórico. Tenés que estar ahí.
-No, no, no. Hace casi veinte años tomé una decisión, una decisión que al país le hizo bien… Y a mi también… No la voy a romper ahora, porque me querés llevar a un acto. Ni en pedo.
-Mamá, no es un acto.
-¿Y entonces qué es?
-Es… Te dije, es un día histórico.
-Dejate de joder. Día histórico fue el bicentenario. ¿Te acordás? El pueblo en la calle, la alegría…
-Claro que me acuerdo.
-Tu papá estaba buen mozo ese día.
-Bueno, justamente.
-¿Justamente qué?
-Papá también dice que va a ser un día histórico y que no te lo podés perder.
-¿Entonces por qué no me lo pide él, en vez de mandarte a vos?
-Porque la orgánica de allá arriba es muy jodida, mamá. No te das una idea.

Cristina enmudeció unos segundos, absorta en sus recuerdos. Un brillo húmedo le cubrió los ojos.
-¿Y qué tiene de histórico ese día, entonces?
-¿Hay alguien más en esta casa?
-No. Yo me arreglo muy bien sola.
-Ok. La… la cuestión… La cuestión del puerto.
-¿Qué pasa con los gorilas esos?
-Está todo resuelto. El 9 de junio entramos a la ciudad pantano y la anexamos a la Argentina federal y justicialista.
-Jodeme.
-Te juro.
-¿Están seguros? ¿Tienen buena información?
-Todo.
-¿Y van a movilizar a Plaza de Mayo?
-No. A Plaza Las Heras.
-Claro, por la fecha-, murmuró casi para sí. El entusiasmo de Cristina se interrumpió de golpe. -Me encantaría ir, te lo confieso. Pero ya sabés: si me paré muy cerca de este, si mencioné al otro. Los que están al pedo viven de decodificarme y anunciar catástrofes. ¿Para qué les vamos a dar de comer? Con lo bien que anda todo…
-¿Te pido algo?
-¿Algo más?
-No me contestes ahora. Pensalo una noche.

Se pusieron de pie a la vez. Se abrazaron para despedirse.
-Papá va a estar-, deslizó Máximo en el oído de su madre.

Tu papá estaba buen mozo ese día.
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