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Capítulo 23, “Preparativos”

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Por Gaston Garriga


¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 10000 millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? No voy a ir a 10000 millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos” (Muhammad Ali).


-Último minuto, muchachos. A dejar todo-, gritó el cubano Erislandy, con su particular acento, y golpeó sonoramente la palma de su mano contra la lona del ring. Luego se alejó tres pasos, para tener mejor perspectiva.

Sergio tenía mayor alcance de brazos, pero hoy no había obtenido de él ningún beneficio. Estaba disperso, como cuando transitaba ese limbo viejo de la avenida del medio. Un pesar que, aunque mucho menos que antes, cada tanto lo acechaba. Máximo, en cambio, estaba especialmente comprometido. Resoplando, sacó y sacó manos, para terminar atropellando. Casi todos sus golpes terminaban en la guardia de su oponente. No lo lastimaba pero tanta presión lograba incomodarlo.

El cubano volvió a acercarse al ring, metió la mano entre las cuerdas y golpeó tres veces más la lona, la señal universal de “faltan diez”. Entonces Sergio, para sorpresa de todos, cambió de guardia. Se paró de zurdo y Máximo quedó petrificado. Solía desconcertado ante cada avance, con pasos laterales, a derecha e izquierda, izquierda y derecha, pero esto era otra cosa. Jabeó dos veces y cerró la combinación con una izquierda plena, en la boca del estómago.
-¡Tieeeempooooo!

Se abrazaron, pasaron entre las cuerdas y permanecieron sentados sobre la lona, mirando hacia fuera del ring, con las piernas colgando, hasta volver al ritmo de respiración normal. Erislandy los ayudó con los guantes y los cabezales y les alcanzó toallas y botellas de agua. Se secaron e hidrataron. Máximo notó cierta complicidad entre Erislandy y Sergio.
-Hijo de puta. Eso es nuevo. Sergio, zurdo. Le voy a contar a mi viejo.
-El que se vuelve previsible, pierde. En el boxeo y en la política. ¿O no, Erislandy?
-Claro, mi pana.
-¿Qué tenés que hacer ahora?-, preguntó Máximo.
-Nada. Gobernar. Boludeces.

Máximo le pidió por señas que lo siguiera. Fueron hasta el vestuario, Máximo sacó la mochila del casillero y extrajo de ella un sobre de papel madera.
-Dejame ducharme. En diez minutos me contás todo arriba, en mi despacho.
-No, es mejor que no te bañes. Y pedí que preparen los dos helicópteros.

Se sentaron frente a frente, en un banco alargado, con el mapa de la región capital desplegado entre ellos.
-Erislandy-, gritó Máximo.
-Compañero-, el cubano, solícito.
-Ponete de imaginaria. Que no entre nadie.
-Sí, jefe.

-Esto viene de arriba…-, explicó Máximo.
-¿Otra vez los viejos?
-Otra vez los viejos… Pero esta vez la idea es brillante.

La ciudad de Buenos Aires, como tal, iba a dejar de existir. Desde cada localidad limítrofe, una columna avanzaría hasta el punto preestablecido, y anexaría todo ese territorio. Avellaneda, entraría por el puente Pueyrredón y tomaría a su paso Barracas, La Boca, Constitución y San Telmo, que se convertirían en Avellaneda Norte. Otro tanto harían los de Lanús, a través de Puente Alsina, con Pompeya, Boedo, Soldati, Parque Patricios. Por el oeste, entrarían las columnas de los municipios de La Matanza, Morón, Rosas -Máximo prefería nombrarlo así para evitar volver a herir susceptibilidades- y San Martín. Los de Vicente López atravesarían puente Saavedra, avanzarían por Cabildo y tomarían todo a su paso, hasta la Plaza Las Heras.

Desde cada localidad limítrofe, una columna avanzaría hasta el punto preestablecido, y anexaría todo ese territorio. Avellaneda, entraría por el puente Pueyrredón y tomaría a su paso Barracas, La Boca, Constitución y San Telmo, que se convertirían en Avellaneda Norte

Sergio se entusiasmó con el plan.
-Excelente, pero para hacerlo el 17 de octubre y hacerlo bien, vamos a tener que laburar a lo perro.
-No va a ser el 17 de octubre-.

Sergio suspiró, aliviado.

-Va a ser el 9 de junio, pasado mañana.
-Estás chapita. Zarpado en chapa.
-Evita me cagó a pedos. Amorosamente, pero me cagó a pedos. “¿En cuánto tiempo te pensás que armamos el 17 de octubre? Y sin redes sociales”…
-Uffff…

Máximo repitió, casi literalmente, los argumentos de Perón y Valle en favor del adelantamiento. Agregó que el punto central de la reconquista, esta vez, sería Plaza Las Heras y no Plaza de Mayo. Por la vieja penitenciaría.
-Justo en el centro del patio- exageró, porque iban a hacerlo a ojo, más o menos, -donde cayó el compañero Valle, vamos a instalar una escultura en su homenaje.
-¿Ya la tenés?
-La está haciendo Daniel a contrarreloj. Le dije que esto es mucho más urgente que el ploteo del helicóptero. Tiene que ser algo fácil de transportar.
-¿…?
-Juanjo quiere que la lleven en hombros los descamisados, pura fuerza cumpa. Nada de camiones. Están a full con el simbolismo.

Máximo miró su reloj. Cuando el sol se posara en la mitad del cielo, dentro de algunas horas, las organizaciones de las localidades pegadas a la ruta seis, comenzarían su lenta e ininterrumpida marcha hacia la ciudad pantano. A cada paso, se les irían sumando los peronistas locales. Sólo se detendrían, para acampar, en las inmediaciones de la General Paz y del Riachuelo, la noche del 8. La logística, que no era menor, para el peronismo era un papita, por ser desde siempre la ciencia que mejor maneja. La verdadera herencia del General es la logística.

Al amanecer del 9, la Reina del Plata, la Ciudad Autónoma, la París del cono sur, Buenos Aires, la ciudad pantano, el criadero de caniches, la ciudad okupa, que vivía en terreno prestado por sus vecinos, en términos fácticos, políticos, jurisdiccionales y administrativos, dejaría de existir. Más importante aún, dejaría de proyectar su maldición, sus complejos y su tilinguería, sobre el resto de la Patria. Sólo quedaría en pie, como corresponde cuando preservamos dialécticamente lo mejor de nuestros enemigos, su inefable cultura.

Pedro de Mendoza se había equivocado. Los indios, a su manera, tosca pero inapelable, habían enmendado el error. Hasta que, años más tarde, Juan de Garay había reincidido y doblado la apuesta. Ahora, quinientos años, cinco siglos, medio milenio después, ellos, los peronistas bonaerenses, intentarían restablecer el curso de la historia.

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