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Capítulo 12 – Volantazo

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Por Gaston Garriga


“El periodista galo Monsieur Papillaud señaló sobre el olor que flotaba en la ciudad en 1910. Se trataba de la “mierda de numerosos caballos” que trotaban por Buenos Aires. Cartesianamente, Papillaud les aconsejó a los cocheros porteños que cambiaran la calidad del maíz para la comida de sus animales”. Literarura Argentina y Política, de Lugones a Walsh. David Viñas.

El Negro, que había seguido de cerca los acontecimientos y la historia porteña, se sorprendió.
-Pensé que los distintivos de instituciones bonaerenses estaban prohibidos. Y ese mucho más.

El tachero, sin dejar de pedalear, sonrió a través del espejo.
-Al fin un pasajero con conversación interesante-. Y resumió, con paciencia y detalles, las idas y vueltas de los últimos años. Efectivamente, la prohibición del decreto 4161 bis de Patricia I seguía firme. Ninguno de los gobiernos parlamentarios posteriores se había atrevido a derogarlo, a pesar de la denominada “política de deshielo”. Pero no había forma de hacer taxativo su cumplimiento. No había fuerza, en realidad, que pudiera sostener la prohibición. Era una clara señal de la descomposición del régimen, que había comenzado con el patriciado y se había profundizado en los últimos años.

“El decreto 4161 bis seguía firme”


Doblaron en Dorrego, dejaron atrás Lugones y Osvaldo recordó con nostalgia los puestos de choripanes y bondiolas de otra época. El olor a mierda se hizo presente; de la paleta de recuerdos que el olfato le trajo al Negro, se demoró en el poema de Leónidas Lamborghini: “Cuando los elementos adictos tomaron las fábricas/ La Prensa/ se descompuso en varias editoriales/ qué es/ ese olor a mierda?/ -Es el miedo es el miedo/ y hay que leer/ entre líneas”. También hacía frío. El otoño pronto dejaría paso al invierno, la estación crítica de contagios, enfermedad y muerte. Tal vez eso, pensó, explicara el casi nulo movimiento en una avenida de acceso tan importante.

-Parece que les interesa la política…-, sugirió el tachero.
-No. Más el fútbol que la política. Por eso preguntaba lo del banderín-, mintió el Negro.
-Mire que el fútbol también es política. Pregúntele a los chilenos qué opinan de eso. Alto pijazo se comieron. ¿O usted se cree realmente que son veintidós tipos corriendo atrás de una pelota?

-Chau, nos bajamos acá-, dijo el Negro. Le puso al tachero un billete grande en la mano, le pegó un codazo en las costillas a Osvaldo para que lo siguiera y salió corriendo en dirección inversa al tránsito.

Corrieron cien, doscientos metros a toda velocidad, zigzagueando entre los árboles, hacia adentro del parque. Antes de detenerse, el Negro miró en todas direcciones, por si alguien se acercaba.
-¿Te volviste loco, Negro?
-No, pero vos te volviste pelotudo.
-¿…?
-Nos caminaron, hermano. Nos están vigilando. No sé quién nos vendió, pero es demasiada casualidad. Un trosko habla de kayaks, ¿no es llamativo? Y nos toca un tachero politizado… y peronista. Tenemos que ser mucho más cuidadosos.

-Puede ser-, Osvaldo asintió. Intentó recordar las nociones básicas de contrainteligencia de la Escuela de Cuadros, pero lo que lo rodeaba le impedía pensar en otra cosa. -Decadencia, desolación, miseria. Mirá de lo que nos salvó Francisco.

-Cuando salió “Fratelli tutti”, nosotros la memorizamos. Ellos se limpiaron el orto. ¿Quién tenía razón?-, se congratuló el Negro.

Se quedaron un minuto en silencio, sopesando opciones.
-No tenemos un plan. Ir a ver la Plaza de Mayo no es un plan. Si apenas nos vamos a quedar un día, uno solo, para no correr riesgos innecesarios, entonces tenemos que aprovechar cada minuto.
-Es verdad…-, dijo el Negro, consciente de su nivel de improvisación.

Se sentaron bajo el árbol, las manos en los bolsillos, a decidir cómo seguir.
-Tenemos que bajar al subte.
-Al pedo. Cerró hace años.
-Dicen que hay una tribu peronista ahí guardada. Como los cristianos de las catacumbas. Si están, pueden ayudar en lo que viene. Si es mentira, también sirve el dato. Y de yapa conocemos los túneles, para movernos por la ciudad sin ser vistos.
-Está bien-, concedió el Negro, no del todo convencido. Se moría por ir a la plaza, meter las patas en la fuente si fuera posible. -¿Y después qué? Tenemos todo el día por delante.
-Yo trataría de colarme en la residencia del Francófilo.
-Y después pateamos los barrios del sur. Quiero saber cómo vive esa gente.

Se quedaron un rato sorprendidos, la vista fija en el lago de Palermo congelado. Era una de las sorpresas agradables de la nueva normalidad. El cambio climático se había detenido y la ciudad pantano tenía inviernos de verdad, con alguna que otra nevada y superficies de hielo para patinar. La joda de los porteños de los barrios acomodados era llevarse reposeras, una botella de whisky y cortar los hielos del lago; la versión siglo veintiuno y empobrecida de tirar manteca al techo.

Cuando salió “Fratelli tutti”, nosotros la memorizamos
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