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Capítulo 11, “Desembarco»

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Por Gaston Garriga

“La mayor parte de la ciudad se había derrumbado hacía tiempo, y sólo los edificios de estructura de acero de la zona comercial y financiera habían sobrevivido a la presión de las aguas. Las casas de ladrillo y las fábricas bajas de los suburbios habían desaparecido completamente, sepultadas bajo mareas de cieno”. El mundo sumergido , de J.G.Ballard

El despertador casi no llegó a sonar. Osvaldo lo esperaba. sentado en la cama, con los ojos bien abiertos y lo apagó enseguida con un certero manotazo. Eran las seis. Afuera, la oscuridad era más impenetrable que a medianoche. Apenas había dormido tramos de veinte o treinta minutos, a partir de las tres, cuando se resignó a tomar las gotas de aceite de cannabis que IOMA enviaba sin cargo a los que tenía registrados como hiperkinéticos. Antes, nada.

Desde la reunión de la regional, las palabras de Máximo y la inspección ocular a la frontera en puente Saavedra, su cabeza no paraba. Faltaban cuatro meses y medio para la fecha señalada. Tenía que hacer algo o iba a enloquecer. Se tomó una pava de mate, hizo una hora de yoga y se tomó otra pava de mate.El Negro le tocó el timbre. Estaba tan acelerado como él.

Deliberaron. Entrarían a la ciudad pantano. Pronto, lo más pronto posible. Técnicamente, nada les impedía ingresar, pero en términos prácticos, era raro que un bonaerense tuviera motivos para entrar a terreno unitario. La mayor parte del tráfico era en sentido inverso. Hubieran despertado sospechas. Más ellos, con tantos años de militancia encima. Lo lógico sería que se disparara alguna alerta, algún aviso al sistema de inteligencia. Tampoco tenían documentos falsos, ni tiempo para conseguirlos. Se decía que había tantos espías en la vieja capital como en Berlín durante la posguerra.

Descartados los cruces de la General Paz, analizaron distintas opciones por agua: el Riachuelo en Lugano, cerca del autódromo y la isla Demarchi. Decidieron que entrarían por el norte. La zona de la Ciudad Universitaria estaba mucho más despoblada, casi abandonada, era ideal para ocultar un kayak, cambiarse y buscar transporte hacia el centro. Estudiaron la tabla de mareas. La pleamar coincidía con el amanecer el siguiente martes.
-Martes no te cases ni te embarques-, dijo el Negro, solemne.
-No me rompas las bolas-, Osvaldo.
Resolvieron tirar una moneda. Ganó Osvaldo, que no podía esperar un día más. El Negro aceptó, renegando.

Salieron de San Isidro en dos kayaks individuales, bien protegidos con trajes de neopren y chalecos salvavidas, cuando el amanecer asomaba desde río adentro. Remaban a vista de costa y, cuando buscaban el fondo con la pala, lo encontraban ahí nomás, a la altura de la cintura.

A Osvaldo siempre le había gustado el agua y las actividades náuticas. Durante la primera parte de su vida, lo habían cargado mucho por lo que más de un compañero consideraba “una desviación oligárquica”. Afortunadamente para él, la Escuela de Cuadros Justicialistas había venido para cambiar eso, entre tantas otras cosas. La formación que impartía no era sólo política, sino algo mucho más completo y abarcativo. Contenía también elementos de supervivencia, técnicas de combate y habilidades de lo más variadas, y claro, el hecho lúdico. La náutica, el ski. Del peronismo de manual al peronismo explícito.

Llevaban en cada tambucho una bolsa estanca con la ropa y los documentos. En la ciudad, no podían dejarse detener por la policía ni, mucho menos, por los patricios. Sin visado de ingreso, causarían un inoportuno incidente diplomático.
A estribor vieron pasar lo que quedaba de los clubes náuticos. A babor, el río estaba desierto, sin grandes cargueros, comparado con la no tan lejana época del auge de la soja. El agua estaba planchada, lisa y casi podía oírse el ruido de las palas al hundirse en ella. Osvaldo miró instintivamente su reloj de Google. El ritmo de avance era exactamente el previsto. En pocos minutos estarían navegando aguas unitarias.

Lo primero que vieron fue el murallón con que habían fortificado la playa a la altura del Parque de los Niños. Poco después, un tanto metidos para adentro, los pabellones de la Ciudad Universitaria, cuyo uso actual desconocían y presumían abandonada.

Apuntaron con la proa hacia los juncos y avanzaron más dificultosamente. Cuando ya no hubo agua entre la panza de su kayak y el lecho barroso, el Negro salió del habitáculo en un solo movimiento, tomó el cabo de proa de su bote y lo llevó de tiro. Osvaldo, unos metros más atrás, imitaba cada movimiento, como si fuera una coreografía largamente ensayada.

Se detuvieron donde los yuyos parecían más altos. Tomaron un kayak, cada uno de un extremo y lo dieron vuelta, panza arriba. Repitieron la operación con el otro. Entre los dos, tan ocultas como era posible, dejaron las bolsas estancas con los trajes, los chalecos y las palas desarmadas. Se cambiaron sin perder un instante.

Con la ropa de civil y los pies en el asfalto, parecían dos profesores obsesivos, de esos que llegan mucho antes de empezar la clase, se toman un café y revisan sus apuntes.

Desde la secesión, Osvaldo había entrado a la ciudad un par de veces al principio, pero de eso hacía ya más de diez años. El Negro, nunca. Caminaron conteniendo la excitación, respirando lenta y profundamente entre los pocos autos estacionados o abandonados. Miraban a su alrededor, tratando de registrar y memorizar cada detalle y, a la vez, de no parecer forasteros si alguien más los observaba.

Tal vez fuera cierto que ahí se seguían dictando clases. Sólo que la afluencia de estudiantes era mínima y el campus había quedado ridículamente sobredimensionado. Entre los pabellones de aulas y la avenida Lugones, había avanzado un monte de especies autóctonas. Talas, coronillos y otros árboles achaparrados, entre los que se escondían liebres, zorros, lagartos, culebras y caranchos. La señal inequívoca de que el hombre estaba en retirada. Osvaldo se quedó petrificado.
-¿Qué te pasa?
-En esta selva yo jugaba al fútbol. Se armaban buenos campeonatos…

“…un tanto metidos para adentro, los pabellones de la Ciudad Universitaria, que presumían abandonados”.



Lo mismo había ocurrido en muchas grandes urbes. Con las fluctuaciones en el precio de los combustibles y las dificultades para su distribución, mantener los parques y jardines se había convertido en un problema. Los espacios más chicos podían cortarse con máquinas eléctricas, pero esa opción era inviable para las grandes superficies. Se habían hecho algunas pruebas con animales -sobre todo cabras y ovejas, alguna que otra vaca-, pero la hambruna también golpeaba y terminaban, más temprano que tarde, carneadas y cocinadas.

Con otras urgencias que atender, los municipios simplemente dejaban venir el pasto. El resultado, una década después, era curioso: selvas y montes urbanos, tanta o más biodiversidad en las ciudades que en el campo, que recuperaba su ritmo productivo. Barrios anegados por el agua y barrios resecos, desérticos. Décadas sin poner un mango en Ciencia y Tecnología; de ahí el desastre ecológico.
-Vamos, vamos-, el Negro lo sacó rápido, temiendo que se pusiera sensible o melancólico.

Doblaron en una callecita interna. Seguir avanzando por el camino principal, por muy abandonado que pareciera todo, era un descuido innecesario. Caminaron pegados a la pared, bajo los balcones. De esa manera sólo eran visibles para la línea opuesta de edificios. Tomaban nota mental de cada cosa.

Vieron ropa colgada en una ventana y en otra… y en otra más, los primeros signos de vida. Era lógico que esas grandes naves terminaran habitadas y tomadas. En los primeros años posteriores a la secesión, la ciudad había experimentado un éxodo importante y muchas viviendas y construcciones habían sido ocupadas por los habitantes de los barrios más precarios. Al principio, de manera aislada, pero luego masivamente. Tanto que ni los patricios, que tenían como único principio la defensa de la propiedad privada, pudieron evitarlo.

Osvaldo tomó al Negro del antebrazo. Se llevó el índice de la otra mano a los labios y luego señaló, junto a ellos, la gran superficie cubierta con afiches grises con el sello abajo, en chapa. “Partido Obrero”. Bajo el papel, asomaban algunos fragmentos de vidrio sin cubrir. Tuvieron que acercarse, casi tocarlos para entender de qué se trataba.

No eran grises, sino blancos con pequeñas, mínimas, letras negras. Tampoco eran todos iguales, estaban numerados del uno al seis. Era prácticamente un capítulo de un libro devenido en mural.

“Contra la farsa de la comunidad organizada bonaerense y el fracaso neoliberal, la salida a la crisis del Covid es obrera y socialista”, rezaba el título, en negritas, un poco más grande.
-No traje anteojos. Y no tenemos todo el día-, sentenció el Negro.
-Dejame pegarle una mirada, a ver qué capto. Dos minutos.

La puerta empapelada se abrió apenas. Por la hendija, saltó un personaje alto y flaco, de barba larga y tupida. Llevaba cruzado un morral, bien abultado, casi a punto de estallar.
-La prenza obrera, compañeros. La prenza obrera para hacer la unidad obrero estudiantil.
-¿Hay obreros todavía en esta ciudad?-, preguntó el Negro, intrigado y todavía sorprendido por la repentina aparición.
-Nozotros creemos que zí.
-¿Cómo “creemos”? ¿Hay o no hay? ¿No van a ver qué queda de los talleres gráficos de Barracas, los textiles de Flores o las metalmecánicas en Soldati?
-Yo tengo que garantizar la meza de la agrupazión. No puedo ir a ningún otro lado-, mientras hablaba, súbitamente entristecido por la confesión, les puso un ejemplar en la mano a cada uno.
-¿Y no habrá algún compañero tuyo que camine más la calle, que nos pueda contar un poco?
-Ya tendrían que estar acá, zalieron la zemana pazada. En cualquier momento vuelven-. El personaje sostuvo la puerta y los invitó a pasar.

Dudaron un instante y luego entraron.
-Yo vivo ahí-. El barbudo levantó la sábana pintada con témpera que cubría la mesa y hacía de bandera en las movilizaciones, mantel sobre la mesa y cortina de su mínimo hogar, dejando ver una bolsa de dormir, una mesa de luz hecha de libros y un tacho para sus deposiciones.
-Ustedes no zon de por acá. No los vi nunca.
-Que no nos hayas visto no significa nada. ¿Cuántos miles de personas andan por acá por día?
-Ezo era antes. Haze mucho-. El bigotudo sonrió con complicidad. -¿Cómo no lo zaben? Cuando el gobierno quizo aranzelar la univerzidad, la comunidad educativa ze opuzo. Entonzez el gobierno creó una nueva y ezta ze fue vaziando…
-Agonizando.
-Exacto. Algunoz dozentes con zueldos congeladoz dezde el macrismo, que habían zido dezalojadoz de zus viviendas, ze mudaron para acá.
-¿Y el gobierno lo consintió? ¿Los patricios no vienen a joder?
-Al gobierno le parezió una buena zoluzión. Hazta nos traen vacunas venzidas cada tanto. Y loz patrizios venían poco porque tenían otraz prioridadez.
-¿Cuáles?
-Detectar actividad peronizta.

-Nos tenemos que ir, gracias por todo-, dijo el Negro con una firmeza que no admitía réplicas.
-Lez cobro la prenza…
El Negro revisó su mochila.
-Te puedo dar una manzana y una barrita de cereal.
-Entonzez te dejo zinco ejemplares.
-No hace falta. Con uno alcanza. ¿Cómo podemos ir al microcentro desde acá?
-Zi tienen más manzanaz, pueden tomarze un taxi en el playón del Pabellón Uno. Zi tienen tiempo, pueden caminar o esperar el 42 del mediodía. Lo ideal sería tener un kayak, para remar hasta la rezerva ecológica.

Osvaldo y el Negro se miraron. ¿Los había visto desembarcar? ¿O era un comentario casual? Mejor hacerse los boludos.

Una vez afuera, evaluaron las opciones. El objetivo de la incursión era tomarle el pulso a la ciudad, conocer el humor social. Cuantas más interacciones, mejor. El kayak quedaba descartado. Caminaron hasta el playón. La cola del 42 ya tenía casi cincuenta metros.

Más lejos, un grupo de taxistas, con los barbijos bajos, bromeaba y mataba el tiempo, a la espera de algún pasajero. Los taxis eran triciclos a pedal, negros y amarillos, con un asiento de bicicleta para el chofer y, atrás dos más amplios para los pasajeros. La ciudad había vuelto a la tracción a sangre.
-¿Vamos, muchachos?-, reaccionó el primero de la fila. -¿A dónde los llevo?
-A Plaza de Mayo-, el Negro, sin dudar.
El banderin de Racing, que colgaba del manubrio, les permitió entablar conversación.

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